Allí estaba, delante de mí, Helena Winston. La chica que
desde pequeño siempre ha estado a mi lado, apoyándome, incluso cuando los demás
chicos del Refugio 101 se aprovechaban de mí. Pelo dorado, sonrisa cautivadora,
no se le podía pedir mucho mas, la verdad. Además de ser una de las pocas
chicas más amables que hay por aquí, era mi única amiga, y allí estaba, delante
de mí comiéndose su porción de la tarta de mi vigesimotercer cumpleaños. Nos
encontrábamos en la cafetería del refugio, mi querido robot Arthur me preparó
esta deliciosa tarta, además de regalarme un estupendo reloj. Se lo agradecí,
aunque me lo guardé, ya que con mi Pipboy no podía ponérmelo. De todas formas,
llevo veintitrés años dentro de este refugio subterráneo, y nunca me ha
interesado saber que hora era, excepto para ir a clase, y para comer. Nací
aquí, y aquí moriré, al fin y al cabo ese es el lema del Refugio 101:
"Naces y mueres entre nosotros" nadie se ha atrevido nunca a salir a
la superficie. Desde la guerra, el exterior es peligroso y venenoso debido a la
radiación. Todos los suministros están aquí dentro, esto está muy bien
preparado y no hace falta de nada, y nunca corremos ningún peligro. Me despedí
de los presentes y me fui un rato hacia la galería de tiro, donde solía
practicar el tiro con un rifle que me regalo mi padre, pero desapareció, sin
dejar rastro, la verdad es que era muy raro, ya que el refugio no era tan
grande. De momento Helena se acercó a mí.
-¿Qué haces aquí?- me preguntó.
- Pues nada, recordando viejos tiempos. –le sonreí.
-Me alegro. Oye, que sepas que aquí estoy para lo que te
haga falta, ¿de acuerdo?
Le asentí con la cabeza y ella me dio un beso en la mejilla,
me sonroje, ya que me gustaba desde hace ya algún tiempo. A continuación se
marchó, yo me quede dando unas dianas con un arco que había por allí, pero se
me daba fatal, así que volví a mi habitación. Mi sorpresa fue cuando entré, y
un hombre me tapo la boca y me metió dentro de la sala.
-Si no haces ruido te soltare.
-¿Qué quieres?- le pregunté asustado.
-Toma, -me entregaba una carta- es de tu padre, me dijo que
si le pasaba algo que te la diese.
-¿Cómo?
-Léela, es importante, es sobre tu padre y sobre…. Tu
nacimiento.
Totalmente extrañado por las circunstancias, me dispuse a
leer dicha carta…